La gula de Morrison


Al parecer las puertas de la percepción fueron forzadas a abrirse, se les ofreció un descomunal banquete gratuito costeado por Elektra Records luego de la escena edípica protagonizada por un “Lizard King” repleto hasta la saciedad de marihuana, por lo que en adelante fue un camino literalmente fácil.

Morrison repletó sin mesura el mito que décadas más adelante seguiría vigente en la memoria colectiva de los degustadores de su música y filosofía de vida. Fue uno de los invitados de honor al festín de excesos que se repartía en porciones descomunales en la hedonista Los Ángeles de los 70´s. La mezquina estructura de sus primeros singles se veían compensados por los consistentes arreglos de sintetizador, uno de los platos más consumidos por los hippies hambrientos de psicodelia de la época. Pero sin duda esa era tan sólo la entrada.

Arbol frente a la tumba de Morrison en Père-Lachaise, París-Francia

El peyote, droga predilecta en el menú de vicios que lo empacharon hasta sus últimos días, era el condimento esencial que convertía a cada uno de sus conciertos en un frenesí en el que nada estaba escrito. Fue también el encargado de tornar las insípidas presentaciones en un juego de canibalismo que terminaba por devorar las disposiciones escénicas de un Morrison previamente aderezado con LSD, quien luego de deleitar el paladar ya corrompido de sus comensales con  insultos o exhibicionismo público, terminaba encarcelado. 

Pero las celebraciones del Rey Lagarto habían llegado a su fin después de ser denunciado y enjuiciado debido una serie de delitos contra la decencia. Hecho que causó mucho más estruendo en comparación a cuando caía escenario abajo en estado etílico. Al parecer Morrison había empezado a embutirse mucho más de lo que podía masticar.

L.A. 1969 - Foto de Stock


Sintiéndose como un exiliado, abandonó la sebosa sazón de Los Ángeles por la refinada Paris, buscando ser situado en la misma mesa junto a Rimbaud o Baudelaire, trabajando en su poesía. Pero irónicamente Mr. Mojo Rising estaba en su peor decaída; obeso de fama, mujeres y LSD. Lastimosamente los pliegues de grasa y las libras de más no permitieron su despegue nuevamente.

La última cena de Morrison se dio al engullirse a si mismo en vida por su propia sed insaciable de excesos, devorado hasta el último hálito de vida en un agasajo sin mesura, que ulceró los últimos días en la tierra del dios del rock que nunca comprendió que la ambrosía en ostentosas cantidades podía llegar a ser tan amarga y mortífera como el veneno de las gorgonas.


James Douglas Morrison, Melbourne 1943 - París 1971



Fotografía: Mariuxi Pogo Ramirez

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