La muerte del SuperHombre

Mas cuando Zaratustra estuvo solo,
habló así a su corazón: «¡Será posible!
¡Este viejo santo en su bosque no ha oído
todavía nada de que Dios ha muerto!»
Friedrich Nietzsche

Harto de revolcarse en el círculo verde de los sermones, el Superhombre dejó la anestesia del cuerpo y sangre para resucitar entre los vivos. Renegó de sus padres, de su prole y las mujeres, del nudo Windsor y su amante; de los mantos que residen en Turín, del cubículo de 100x115 y de sí mismo. Comiéndose el cáncer de sus lunares a falta de camisa, decidió trocar la procreación por recreación; cambió de nombre y acogió el apellido de la puta que lo adoptó en la cama.

Mas, luego de hacer cuentas, dedujo con amargura que los ignorantes lucen más contentos. Al Superhombre la felicidad de salario básico le dura 1 semana y 5 aguardientes. ¿Habría sido mejor tirar las llaves de la percepción para que algún otro Superhombre muera de hambre en el intento de encontrarlas?

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Se desconocen las causas de la muerte del Superhombre. Solo se sabe que, harto de reptar, aprendió a volar con el aire caliente de su cabeza, para dejar de ser animal y fundirse en el cielo escrito de inmortalidad (ese que todos terminamos olvidando).

Quizás lo envenenaron con secreciones ajenas o fue fulminado al encontrar la iluminación de golpe en alguna servilleta. Quién sabe y le explotó la cabeza descifrando a Ulises, se suicidó con la pluma seca que usaba para apretar sus porros en las esquinas hediondas de su cuartucho en la Rue Dauphine, o se le fue un disparo mientras mataba buitres con la pistola de juguete que escondía entre sus notas incomprensibles. Asume que así confundirá a los historiadores.

Lo último que se escuchó de él, fue cuando alquiló un pequeño sitio en Père-Lachaise para descansar a ojos abiertos mientras esperaba la exhumación. Lo expulsaron al poco tiempo; los vecinos se quejaban de él.

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El superhombre ahora puede ser feliz. Hablamos de su muerte y lo recordamos como el alcohólico pusilánime, mujeriego tuberculoso, misántropo empedernido que siempre quiso ser. Se habría regocijado al saber que escribieron sobre él.

Qué lástima que esté muerto.

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